Cría cuervos
La sabiduría se alcanza a través del exceso
sábado, 27 de abril de 2013
jueves, 18 de octubre de 2012
Roma
A mediados del siglo VII a.C. latinos y etruscos llegan al Lacio, siete
colinas y mil vidas crean Roma, Rumón, Rómulo, Ruma, Amor.
Hay un antes y un después de visitar Roma. Imperial y caótica se descubre en cada esquina
como algo fantástico que siempre te esperó, y que se quedará allí, virgen y
desgranada para mostrarse idéntica a tu regreso. Roma te invita a vivirla cien veces, todas las vidas.
Roma te encuentra en Piazza Navona, con sus edificios construidos sobre
las gradas del circo Agonalis y su Inés cristiana, humillada en el centro de la
plaza. La niña Inés que no aceptó las proposiciones de un oficial romano y fue
desnudada en público mientras su pelo crecía para cubrirla.
Con un sueño de cáligas en los pies intento llegar a todos los rincones
de la ciudad, tarea imposible incluso para los habitantes de Roma. El tiempo pasa
rápido y a mi me queda tanto por ver...
César me observa salir de la Feltrinelli con Plutarco bajo el brazo.
Sentado en su silla curul de Largo di Torre Argentina espera a su hijo mientras
recuerda a una faraona de nariz puntiaguda.
Sentada a la orilla del Tíber veo pasar la vajilla de oro y plata de
villa Farnesisa aún con restos de
comida del último festín del Papa. Y yo
me imagino ser "La Loren" tomando un Macchiato freddo en Vía Veneto.
Todo el mundo tiene su sitio favorito en Roma, no sabes por qué eliges
ese lugar y no otro, pero no hay que darle vueltas, está claro que no lo has
elegido tu, me di cuenta al ver la cabeza de San Juan Bautista en Santa María
degli Angeli, estaba girada hacia mi como diciendo..."Ciudadana, se te ha
quedado el cuerpo cambril".
miércoles, 19 de septiembre de 2012
viernes, 20 de abril de 2012
Texto ganador del concurso de narrativa del IES Universidad Laboral de Gijón
Hace un par de meses mi hijo me habló de su intención de
presentarse al concurso de narrativa de su instituto. Quería hacer un texto sobre
el delirio, describir el posible estado mental de un suicida durante su último
día de vida.
En un primer momento me asusté, ¿estás bien? ¿tienes algún
problema? Se dispararon todas mis alarmas. “Tranqui, vieja, solo quiero hacer
un texto en plan escritor maldito.”
Después del susto le dije que me parecía bien cualquier cosa
que escribiera si era lo que le apetecía, pero si lo que pretendía era ganar el
concurso, con ese tema lo iba a tener un poco complicado…
Hoy me llamó al salir del instituto, había ganado el
concurso y yo, como madre orgullosa, lo cuelgo en mi blog.
Deliro en sol menor
Autor: Manuel de la Fuente Cuervo. 18 años
Ya ha salido el sol de nuevo, y
mi vida resucita junto a él. Esta mañana va a ser diferente. Esta mañana va a
ser como todas, pero igual sonrío un poco. Al fin y al cabo, la vida es
monotonía con cambios inapreciables, como el mar. Cada momento repleto de olas,
cada ola es diferente, pero siempre es igual. Me encuentro algo cansado, no he
despertado del todo. Enciendo el primer cigarrillo del día aún en la cama. Me
encanta ver el humo iluminado en las rendijas de la persiana. Disfruto este
cigarro con un placer único y pienso. No pienso un tema fijo. Demasiados
pensamientos acribillan mi cabeza a cada instante. Demasiada información. Veo,
oigo, huelo, noto y degusto el alma del cigarro. A veces los enciendo sólo para
verlos consumirse. El tiempo pasa lento pero imparable contra todo.
Me levanto de la cama y tiemblo
un poco de pie antes de enderezarme del todo. Podría ducharme, pero no me
apetece.
-Buenos días, Miguel.
Miguel es mi compañero de piso.
Jamás habla, nunca se mueve del sitio. Es el compañero ideal. No me aburre con
sus problemas y yo puedo contarle todas mis inquietudes. Miguel no existe,
dicen, la soledad me ha hecho imaginarlo para sentirme arropado por alguien.
Pero, ¿por qué le niegan la existencia? Ellos no lo ven, pero para mí está
siempre ahí, sentado en la cocina y con rostro impasible. ¿No le otorga esto la
vida? Si hiciese una religión sobre él la gente comenzaría a creer que existe,
pero, por no hacerla, consideran a Miguel un brote neurótico. No puedo llegar a
comprender el criterio de la vida. Partimos de la base de que nosotros estamos
vivos, dándonos superioridad al resto de seres. Egocentrismo de especie, no es
más que eso. Y los animales se parecen a nosotros, por eso están vivos. Las
plantas se asemejan de forma lejana, démosles la virtud de la vida. Las rocas.
Nunca he visto a una roca alimentarse, no tienen vida. Estoy convencido de que
ellas piensan igual: un humano, cómo va a estar vivo un humano, soberana
sandez. En fin, me enerva la necesidad de agruparlo todo por unas características
u otras. Tenemos que juntarlo todo en un bloque, incluso a nosotros mismos, eso
es un delirio infame. Yo soy tal, yo soy cual. Tú eres una maldita serie de
explosiones químicas que actúan para su propio beneficio. Tú estás igual de
vivo que el contenido de las probetas con las que se ensayan los experimentos.
Igual de vivo que la propia probeta. Bueno, ya es la una, haré la comida.
Huevos y patatas. Tengo pan de
hace dos días y agua del grifo que lleva en el vaso desde ayer por la noche. No
me gusta ir a la compra. Me satura la idea de tener que buscar los alimentos,
cada día en un sitio diferente. Esos niños de cinco años que corretean
alegremente por delante de cuerpos de animales triturados y expuestos a modo de
trofeo. Las ancianas hablando de lo mal que tienen la espalda y criticando a la
hija del vecino. La sonrisa de las cajeras encubriendo su llanto interno.
Ya tengo la comida en el plato.
La miro y no me apetece comerla, ahora me apetece salir a la calle. Cada vez es
mayor la sensación. Es necesidad. Me estoy ahogando aquí dentro. Voy en pijama,
pero si me cambio de ropa me desmayo. Tengo que salir. Abro la puerta y me voy
de casa. Me tiro sobre el suelo y respiro lentamente. Pasan algunas sombras a
mi alrededor, yo enciendo otro cigarro mientras miro las nubes.
Suena una alarma, lo reconozco. Es
un sonido penetrante que atraviesa hasta el más ínfimo detalle de mi cuerpo. Yo
sigo fumando el cigarro y en las nubes se dibuja una sonrisa. Todo vuelve a la
calma así que me incorporo. Se me acerca un hombre vestido de riguroso luto
blanco. Me está hablando pero no puedo comprender qué me dice. Le estoy
mirando, sonrío, así es la forma en la que actúan ellos. Me levanto del todo,
creo que ya estoy volando de nuevo. Me marcho mientras sigo sonriendo. La gente
me mira y no comprende, ahora saben cómo me siento yo a cada instante. Es
imposible entender lo que piensan aunque, igual no piensan. Yo les he creado,
como a Miguel. Son mi imaginación. Un exquisito y perfecto delirio que sufro
desde que nací. Más allá de lo que veo no existe nada, cómo va a existir si aún
no lo he creado. Por eso no puedo culparles, yo les hice así. Les he otorgado
ese abstracto don de la vida.
Llevo caminando un buen rato. Ya
son las tres de la tarde. ¿Dónde estoy? No conocía este lugar. A mis pies se
extiende un inmenso mar verde, plagado de amapolas y otros seres de belleza
incontable. Veo un árbol robusto, grande, erguido y solitario en la inmensidad
de la pradera. Me acerco a él. Lo toco despacio, no quiero que se asuste.
Desabrocho los botones de la camisa del pijama y me deshago de ella lentamente.
Se la dejo a los pies y hago lo mismo con el pantalón. Me despido con pena,
pero tengo la sensación de no poder seguir allí más tiempo. Mi vista se nubla
por momentos, estoy perdiendo el sentido, pero no desfallezco, ese no es mi
estilo. Piso a ciegas y creo que avanzo, no estoy seguro.
Al despertar de este nuevo brote
veo el inmenso mar azul. Es hermoso. No le importa el tiempo, no quiere saber
nada de nosotros y siempre escucha nuestros cantos de adulación. No puedo
permitirme el lujo de entrar en él sin su permiso. Busco con la mirada un buen
lugar para hablarle. Rastreo un largo rato y al fin lo encuentro. Un puente
colgante que atraviesa un riachuelo, la antesala a la inmensidad. Debo llegar a
él. Ahora no puedo volar por más que lo intente. Comienzo a sentir frío, pero
ese árbol me pidió la ropa, sabrá cómo utilizarla.
Corro ladera abajo, poseído por
una fuerza externa a mí. Tengo que hablar con el mar de una vez. A lo lejos
alguien me mira. Cada vez hay más gente observándome correr. Otra vez no, por
favor. Dejadme lograr mi meta. Paso a su lado, a cada paso más fatigado por la
falta de ejercicio. Nadie me para, sólo señalan con el dedo. Unos ríen, otros
susurran, otros tapan los ojos de los más pequeños mientras estos hacen el
esfuerzo de apartar la mano que los cohíbe.
Ya no hay nadie en la calle. No
puedo seguir corriendo, las piernas me flaquean a cada zancada. Piso en falso y
caigo al suelo, abatido. Desnudo sobre el frío asfalto miro al sol, rojo,
descendiendo poco a poco sobre el horizonte. Me ocurre algo nuevo en el cuerpo.
Mi pecho se comprime y me hace jadear muy despacio. La cara sufre espasmos
mientras mis ojos se cierran y se abren con violencia y, de golpe, una gota de
agua sale de mi lacrimal. Jamás me había pasado semejante cosa. Estoy llorando.
No puedo permitir que me suceda esto a mí. Miro al suelo y veo, entre lágrimas,
una colilla tan solitaria como yo. La cojo, pero no tengo fuego, se me caería
con el estruendoso ruido de aquella sirena. Guardo la colilla en la mano y me
levanto, con menos fuerzas que nunca.
Llevo paseando mucho tiempo,
nadie ha aparecido en mi paso, o no he visto a nadie. Estoy cerca de mi
destino. Ya son las ocho. Sigo caminando durante media hora y alcanzo el
majestuoso puente. Vuelvo a correr. Mis pies se disparan para concluir cuanto
antes el viaje, esta odisea que de homérica tiene bien poco.
-¡Ya he llegado! Sé que tú me has
atraído. Aquí es donde termina todo, ¿verdad? Al fin alcanzaré la paz, junto a
ti. Mírame, desnudo y con llanto. He dejado de lado mi vida, mi tranquilidad
aparente en una casa serena. Miguel ya se ha muerto, todo el mundo se ha
muerto, por eso nadie ha aparecido en mis últimos pasos. Por tu culpa la vida
ha dado un vuelco en apenas ocho horas. Tan sólo puedo decirte una cosa:
¡gracias!
Ya sólo me falta una señal, por
mínima que sea para poder entrar en él sin que se sienta molesto. Bajo la
mirada y me voy del puente, llego a la orilla del mar. Me arrodillo frente a él
y sonrío. Hay un mechero en la arena. Abro mi puño y la colilla sigue ahí,
sabiendo que es lo único que me queda. Me la llevo a la boca y cojo el mechero.
La llama es fascinante. El humo recorre todo mi cuerpo y voy entrando
suavemente en el mar. Ya no noto el frío. No puedo parar de reír. Cubierto de
agua hasta el cuello tiro el filtro quemado.
Son las nueve de la noche. Es sol
se ha ido, y mi vida muere junto a él.
jueves, 15 de marzo de 2012
Adiós, pequeño, adiós.

Hoy se me ha ido mi último diente de leche. Se negaba a abandonarme, tuve que arrancarlo a las malas.
Vete ya, emancípate, no podemos estar toda la vida juntos, le dije.
Y él, con su eterna inocencia, partió hacia el país de los dientes de leche dejándome un raro sabor de boca, así como a anestesia.
Esta noche dormiré nerviosa, a la espera del ratoncito Pérez, aunque me ha dicho mi hijo, que con la crisis ya no se pasa por todas las casas.
De todas formas, lo primero que haré nada más despertarme, será mirar debajo de la almohada.
Adiós, pequeño, te recordaré en cada fartura.
martes, 21 de febrero de 2012
Son nuestros hijos

Mi tía tenía una tienda en la Plaza del Humedal cuando era de Los Mártires. De pequeña me pasaba las tardes con ella, merendaba en la trastienda, hacía los deberes y alguna vez me tocó bajar al sótano porque venían los grises a dar palos a los obreros que siempre se manifestaban allí, corrían entre los coches del aparcamiento y yo me moría de miedo porque me los imaginaba entrando a la tienda a darnos el mismo trato que recibían los valientes de la plaza. Mi tía cerraba la puerta con llave y esperaba que pasara todo para seguir vendiendo tornillos. Yo, desde el sótano, asomaba las narices para ver lo que ocurría en el exterior. No hay mejor forma de combatir el miedo que enfrentarse a él… Hombres tirados en el suelo con tres policías machacándoles la cabeza, carreras de fondo rodeando a algún despistado que terminaba también en el suelo y con la misma suerte, detenidos, mucho uniforme, gris…
La historia ha cambiado poco, sólo que ahora el gris se tornó azul y los obreros se han convertido en niños de instituto que piden tener calefacción en sus aulas…
Son mis hijos, los niños de Valencia son nuestros hijos, tienen cojones y los están machacando. Llevo dos días viendo vídeos, fotografías, leyendo cartas de padres pidiendo ayuda que me producen una sensación de tristeza mezclada con otra de “saca la dinamita y terminemos con esto”. ¿Qué nos pasa? ¿Dónde está la clase trabajadora con cojones? Nos están esclavizando mientras ellos siguen subiéndose los sueldos y riéndose de todos nosotros. Nuestros trabajos peligran (el que lo tenga) y ya no hay derechos, todo se fue a la mierda… ¿Y qué hacemos? Encendemos velas en las plazas de los Ayuntamientos y si salimos a la calle lo hacemos de domingo bajo las banderas de los mismos que nos manejan a su antojo…muy rojas, eso sí, pero ya no son nuestras. Todo se fue a la mierda y parece que no nos queremos enterar.
En Valencia, 300 chiquillos nos están dando una lección de “educación para la ciudadanía” y los están machacando. ¿Lo vamos a permitir? ¿Vamos a seguir en casa con miedo a que nos quiten lo poco que nos queda? ¿Qué edad tiene ese chico de la foto? ¿14 años? ¿No nos da vergüenza? ¿No les da vergüenza? Son nuestros hijos y salen a la calle. ¿Por qué no estamos con ellos?
Oficialmente, la Policía Nacional, en estos cuatro días, ha detenido un total de 43 alumnos, de los cuales ocho son menores de edad, hay decenas de lesionados y cerca de dos centenares de fichados, la mayoría por “desobediencia a la autoridad” y alguno por “atentado”. (El País)
Ana Navarrete es madre de Almudena, estudiante de 17 años del Lluís Vives: “Me la han arrancado de mis brazos, la han cogido del pelo, la han tirado al suelo y se la han llevado entre tres a un furgón, luego la han trasladado esposada en un coche celular”. “Mi hija- continúa Ana Navarrete- estaba conmigo y con sus dos abuelas, a una de ellas hasta la han tirado al suelo, no estábamos manifestándonos pero les ha dado igual”, añade Apostada frente a la comisaría de la calle Zapadores, se queja de “la detención es ilegal”. Hasta las 19.08, nadie les ha llamado oficialmente para comunicarle que su hija estaba detenida: "Ha sido horroroso, tendrá una crisis de ansiedad". (El País)
¿A qué estamos esperando?
jueves, 26 de enero de 2012
Programación CICA febrero

Nuevo diseño, nuevo formato. Más páginas, a color. Más texto, más análisis, más cine. Mucho CICA en febrero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


